miércoles, 8 de junio de 2011

Transformemos nuestro dolor en rabia y nuestra rabia en pólvora


“La noche ya ha avanzado. No hace tanto frío para toda la ropa que oscurece nuestra imagen, pero eso no importa, el viento refresca nuestro rápido avance. Estamos a tiempo. Todo hasta el momento va bien. Estamos solos, solos como nunca y como siempre. Por las calles sombrías y maltrechas rodeamos la fábrica de carceleros. Nos acercamos. La próxima parada está cerca. En mi mente repaso el plan acordado.

(Estar aquí no es fácil. En este momento es vana cualquier discusión sobre el sentido de traspasar el discurso inerte e inmovilizador de algunos que se dicen nuestros compañeros. Estar aquí no es fácil. Es la consecuencia de no aceptar este mundo esclavista, el resultado de largas conversaciones clandestinas y tomarse el tiempo de planificar...No es fácil como creen algunos.)

Voy feliz y agitado. En nuestras espaldas viaja el sueño iracundo hecho realidad: interrumpir el agresivo bienestar de los lacayos del orden del estado empresarial; que escuchen la voz de hombres y mujeres que se resisten a ser esclavos, que no quieren acuerdos que legitimen este orden asesino, que sepan de una idea de libertad que no muere.

Llegamos a nuestra parada. Nos detenemos. El aire está en silencio. Un momento más, un instante. Un muro, el piso, mis manos, la bicicleta, mi compañero, la calle pétrea, la ciudad contaminada, el orden carcelario, la noche, el silencio...

Todo estalla.”

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